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Fundamento antropológico

Para abordar la educación como proceso de formación del hombre y de introducción a la realidad según la totalidad de los factores, es preciso previamente definir cuál es la concepción de “hombre” sobre la cual trabaja dicho proceso educativo. Es decir, cuál es su naturaleza específica, en dónde reside su naturaleza propia y su dignidad fundamental, para desde allí alcanzar una mejor comprensión de su educabilidad como posibilidad inédita en la Naturaleza. De este modo es posible dimensionar con mayor amplitud sus relaciones con los otros, con el medio y con el Otro.
Ante la pregunta: ¿qué es el hombre?, no toda respuesta es adecuada a la naturaleza propia de este ser, razón por la cual es preciso señalar con claridad dicha especificidad propia, no sólo para valorar las implicancias de la educación sino también para valorar adecuadamente las acciones propias de esta naturaleza “pensante y sentiente” a la vez, tal como ha sido definida por la filosofía  cristiana contemporánea.
Por ello es imperioso señalar como punto de partida nuestra adhesión al “realismo personalista”, es decir, a aquella concepción del hombre que lo visualiza como “ser personal”, es decir, el hombre es “persona”, persona “humana”. Pero esto, ¿qué significa?.
Según lo definiera Santo Tomás de Aquino, la persona es  una “sustancia individual completa de naturaleza racional”. Lo que en términos modernos  vendría a significar lo siguiente: la persona humana es un sujeto autónomo dotado de una unidad compleja,  sujeto al cual debe referirse toda la realidad y que no puede ser subordinado a ninguna instancia.
Lo que significa que la persona siempre es un “fin”, nunca puede ser visto como un “medio” que pueda ser utilizado instrumentalmente para un fin ulterior.
Así, esta naturaleza “humana” se nos manifiesta  dotada de inteligencia (capacidad de conocer y afirmar la realidad según la totalidad de sus factores); de afectividad (capacidad exclusivamente humana que orienta las tendencias hacia determinados aspectos de la realidad) y de voluntad dotada de libre albedrío (capacidad de elegir entre dos o más opciones), siendo esta capacidad de elección la que hace  posible la  apertura de la existencia humana concreta al espacio de la libertad, es decir, la elección efectiva del Bien en el ejercicio del libre albedrío.
De este modo la persona humana aparece dotada de una  apertura “infinita” a la realidad, razón por la cual aparece definida como un ser  “en relación” y “trascendente”, por lo tanto poseedora de una capacidad de apertura a los otros, al diálogo y comunión con ellos. En este sentido, la apertura al Otro y la comunión con Él, en cuanto Bien definitivo y plenamente saturante de todo deseo y aspiración del corazón humano, es el Fin último de toda su acción.
Por ello este sujeto personal, como ya se mencionó, nunca puede tener valor de “medio” sino que siempre tiene valor de “fin”, ya que es un ser dotado de tal valor y dignidad intrínsecos que no puede ser mediatizado, instrumentalizado ni subordinado a ningún otro fin natural como lo pueden ser la raza, el partido, la ideología, el progreso científico o cultural, el mercado, la sociedad o el bienestar de otros individuos o grupos.
Desde esta perspectiva se tornan ilícitas moralmente muchas acciones llevadas en contra de tal dignidad, perdiendo su validez argumental teorías que intenten legitimar ciertas acciones que conllevan instrumentalidad y dominación: ni la voluntad de una mayoría, ni la circunstancia histórico-cultural, ni la autoridad del Estado, la sanción de una Ley civil o el consenso de una determinada comunidad pueden ser legitimados cuando violan manifiestamente la dignidad de la persona vulnerando sus derechos fundamentales, ya que la persona, es una realidad que escapa a cualquier reduccionismo porque trasciende a todo control y dominio manipulador.
Afirmar que el hombre es persona es afirmar que lo que en él vive y actúa no se reduce a lo meramente material y fenoménico; significa que su ser específico no se agota en lo somático o psíquico, sino que en él se revela un fondo y fundamento de su ser y obrar, un plus de realidad, un principio superador de todo condicionamiento empírico, razón por la cual no está sometido al determinismo de la Naturaleza. Emerge así por encima de todo condicionamiento hacia la esfera del “espíritu”, dimensión alcanzada por una elemental reflexión filosófica que nos pone en conocimiento de este aspecto propio de lo humano que lo distingue de un modo cualitativo y radical del resto de los seres de la Naturaleza. De este modo el hombre se manifiesta como un sujeto que existe en sí mismo, con independencia de otro ser (autonomía) siendo dueño de sí mismo y abierto de modo trascendente a toda la realidad. Justamente, la Razón es esta capacidad inagotable de apertura a lo real según  la totalidad de los factores que  lo constituyen, sin censuras ni reduccionismos: es capacidad de aferrar la realidad, de afirmarla y de afirmarse en ella.
En tal sentido es importante precisar la distinción entre “libre albedrío” y “libertad”. El primero significa que la voluntad no está necesariamente determinada por un objeto concreto sino que puede “elegir preferencialmente” un objeto del deseo entre tantos otros que se le ofrecen. Y este es el fundamento de la “libertad”, la cual es una conquista personal a partir de elegir efectivamente el Bien en el ejercicio del libre albedrío. Por ello la libertad es meritoria y es una vocación a la que el hombre está llamado; no es un punto de partida (tal como afirma la cultura liberal) sino que es un punto de llegada.
Así, el hombre ingresa en la conquista de la libertad, se hace libre, cuando la voluntad realiza el Bien a partir de la verdad que la inteligencia le muestra; sólo entonces el hombre se autoconquista y autorrealiza y de este modo se convierte en artífice de su propio destino personal sin coacciones que lo predeterminen en el contexto histórico que vive. Para ello es decisivo reconocer esta esencial vinculación entre libertad, Verdad y Bien.

Fundamento filosófico-teológico

Partimos de una concepción de lo real que nos viene dada por una doble luz: la Revelación y la razón natural. Y según esta doble fuente de información afirmamos que el mundo y el hombre son seres creados, es decir, participan del ser, no lo tienen como posesión propia y originaria, sino que llegan a ser desde un acto que los pone en dicha situación ontológica.
A partir de aquí se abren diversas posibilidades que hacen de esta comprensión el paradigma desde el cual, y en el contexto del cual, entender los procesos del Universo y la situación y acción del hombre en su seno.
A partir de aquí toda la realidad aparece como Buena ontológicamente y al servicio del hombre, por lo cual la experiencia cristiana de la vida no excluye nada de su horizonte y pone al hombre en el centro de esta realidad, al punto de que su misterio es expresión del Misterio de Dios revelado personalmente en la Historia.
La Encarnación del Hijo de Dios abre una comprensión renovada acerca de este misterio onto-antropológico, y  revela la dignidad del ser y la vocación a la que es llamado el hombre en el mundo. Por ello reabre la positividad de todo lo real que había sido opacada por la introducción del pecado original y está originada en la relación con el Misterio, el cosmos y el prójimo: todo es de ustedes pero ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios, dice San Pablo (cf. 1 Cor 3, 23). Por ello, sigue diciendo el Apóstol, pruébenlo todo y quédense con lo bueno, lo que vale, lo mejor, señalando el horizonte de la experiencia de la vida: valorar todo lo positivo juzgando según un corazón nuevo.
Así, la nueva esperanza abierta por la Resurrección permite recolocar en la escena el valor insoslayable de ciertos factores constitutivos de toda experiencia auténticamente humana, y ahora, plenamente cristiana: la sexualidad, la política, el trabajo, el conocimiento y la cotidianeidad de la existencia vivida como ofrenda amorosa.
El descubrimiento y la experiencia de esta situación ontológica (ser creados y contingentes, pero llamados a una plenitud abierta y posible) requieren de un proceso educativo que atienda a estos diversos factores a lo largo del mismo.
Desde esta afirmación, que entraña una concepción antropológica, el intento por homogeneizar al hombre, pretendiendo que todos sean y se eduquen de la misma forma y en los mismos tiempos, es un contrasentido.
El gran desafío a asumir indefectiblemente en una comunidad educativa que pretende ser católica es entender la educación como introducción a la realidad según la totalidad de los factores, donde los pilares sean aquellas tres dimensiones originariamente creadas por Dios y en las que se revela el Misterio del Ser con rostro paterno: la Razón, la afectividad y la Libertad.
Aquí hallan su ámbito apropiado la valorización de la aventura científica, la preocupación ecológica (no somos dueños sino administradores) y el descubrimiento de una dimensión netamente misionera ante el cosmos, criatura bella de Dios hecha para el hombre.
Aquí halla sus fundamentos una ética del Bien y de la libertad como elección efectiva del bien, es decir, de todo lo creado para plenitud del hombre.

Desde tales Fundamentos podemos y debemos retomar la pregunta por el sujeto del acto educativo en el contexto de la Escuela católica

“La Iglesia reconoce en sus escuelas un medio privilegiado para la formación integral del hombre, en cuanto que es un centro donde se elabora y se transmite una concepción específica del mundo, del hombre y de la historia. La persona ocupa el centro del proyecto educativo de la escuela católica. Ésta se ve impulsada a evangelizar a niños, jóvenes y adultos; y a las familias en medio de un contexto sociopolítico, económico y cultural muchas veces adverso: falta de respeto a la vida humana, pobreza, violencia, discriminación por razones religiosas, crisis de las instituciones, entre otras dificultades. Es por eso que la escuela católica debe crear entonces un ambiente de libertad y caridad para formar personas y ayudar a que la cultura se ordene hacia un mensaje de salvación.
El niño, el joven y el adulto como sujetos de aprendizaje, deben interactuar con el que enseña y con el objeto de conocimiento. Abordarlos es, en primer lugar, contextualizarlos en el tiempo histórico, social, cultural en que se desarrollan. Es también ubicarlos en una institución escolar y en una situación de aprendizaje sistemático. En este sentido, participan de un vínculo que los conecta con el entorno familiar y social, con el docente, con sus compañeros y con el objeto de conocimiento.
Desde estas afirmaciones es imprescindible pensar todo acto educativo como un encuentro. Es encuentro con otros,  en una relación destinada a perdurar toda la vida, donde lo que se pone en juego es la persona del otro, como imagen y semejanza de Dios; no tiene, por lo tanto, un carácter transitorio.
Este encuentro es con una persona viviente y total, que puede ser captada más profundamente entrando en relación. Sólo desde él es posible conocerse mejor, aun a uno mismo. La persona se conoce a sí misma y al otro, sólo cuando entra en relación de encuentro. Es condición necesaria para el progreso y el enriquecimiento de la sociedad toda.
Esto compromete aún más profundamente la labor docente y de la escuela toda, que está llamada, desde Dios, a constituirse en lugar de encuentro para la plenitud de todos aquellos que transitan por ella.
Al proponerse promover la síntesis entre fe y cultura a través de la enseñanza, la Escuela Católica parte de una concepción profunda del saber humano y en este contexto se cultivan todas las disciplinas; presentan no sólo el saber a adquirir,  sino también valores para asimilar y, en particular, verdades que descubrir.
La enseñanza ofrece numerosas ocasiones para elevar a los alumnos a perspectivas de fe, y el educador cristiano sabe descubrir la aportación con que las disciplinas escolares pueden contribuir al desarrollo de la personalidad cristiana.
Los profesores/as de cualquier nivel de la enseñanza, preparados en la propia disciplina o nivel del sistema, iluminados por el Espíritu, trasmiten a los alumnos el sentido profundo de lo mismo que enseñan y los conducen  a la verdad total.
Mucho dependerá de la persona del docente el que la enseñanza llegue a ser una escuela de fe en diálogo con la vida y la realidad, es decir, una experiencia del Acontecimiento  cristiano que salva la humanidad del hombre ya, aquí y ahora.

De Carta de los Derechos de la Familia, preámbulo punto a) citamos:

“Los derechos de la persona, aunque expresados como derechos del individuo, tienen una dimensión fundamentalmente social
que halla su expresión innata y vital en la familia”.
 

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